El reino de Yoshiahu en su apogeo

Yoshiahu amplió las fronteras del reino de Iehudá en dirección a Amón, Moav y los filisteos. De haber triunfado Yoshiau en la batalla de Meguido, habría tomado el control de todas las fronteras del antiguo reino de Israel.

"Porque Azá será desamparada, y Ashkelón (vendrá a ser) una desolación; a Ashdod se la expulsará en pleno día, y Ekrón será desarraigada. ¡Ay de los habitantes de la costa del mar, la nación de los krethitas! La palabra del Señor está contra vosotros, oh Quenahan, tierra de los plishtitas; te destruiré de modo que no quede habitante... He oído la afrenta de Moav, y los denuestos de los hijos de Amón: con que han afrentado a Mi pueblo, y se han engrandecido contra su territorio... Asimismo Él extenderá Su mano contra el norte, y destruirá a Ashur; y convertirá a Ninvé en una desolación, lugar de sequía como el yermo" (versículos 4-13).

La imagen especular de la calamidad que el profeta vaticinó sobre la tierra de los filisteos y sus ciudades, sobre Moav y Amón, y posteriormente sobre el Imperio Asirio, es la redención (temporal) de Israel a manos de Yoshiahu, rey de Iehudá y siervo del Señor, quien redimió el Templo de su desolación, renovó la alianza del Señor con los habitantes de Iehudá y Ierushalaim, erradicó la idolatría de Ierushalaim y de todo el reino, e impuso en él el camino de la justicia y la rectitud.

En efecto, en los días de Yoshiahu, Nabopolasar, rey de Bavel, Babilonia, asestó a Ashur, Asiria, un golpe decisivo después de que las tribus de los medos invadieran Nínive, su capital. El propio Yoshiahu amplió las fronteras del reino de Iehudá hacia el oriente en dirección a Amón y Moav, y hacia el occidente hasta el mar a expensas del reino de los filisteos. El Santo, bendito sea, estaba con él y le ayudó, y el pequeño reino, que en tiempos de sus antepasados no había sido más que una provincia asiria de poca importancia, se convirtió de nuevo en un reino que era el factor más importante de la región.

De haber triunfado Yoshiahu en su última misión de detener a Paró Nejó, el Faraón Nejó, rey de Egipto, para que no subiera en auxilio de los restos del reino de Ashur en Jarán contra Nabopolasar, rey de Bavel, habría tomado el control de todas las fronteras del antiguo reino de Israel desde los días de David y Shlomó, entre el río de Egipto y el río Éufrates, que son también las fronteras del Jardín del Edén del libro Bereshit.

Nuestras iniquidades lo impidieron y no merecimos alcanzar ese éxito, y aún aguardamos el cumplimiento de la promesa de nuestro Rey, el Rey del universo.

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Síntesis del capítulo, Tsfaniá 1

El libro de Tsfaniá tiene un contexto histórico claro. Como se desprende del encabezado del libro, Tsfaniá profetizó "en los días de Yoshiahu, hijo de Amón, rey de Iehudá". Asimismo, al comienzo del libro se presenta la genealogía de Tsfaniá: "Tsfaniá, hijo de Kushí, hijo de Guedaliá, hijo de Amariá, hijo de Jizkiá", siendo el único profeta cuya ascendencia se menciona hasta cuatro generaciones anteriores. Hay comentaristas que opinan que el Jizkiá mencionado aquí es el rey Jizkiá de Iehudá, de modo que Tsfaniá pertenecería a la familia real, aunque conviene recordar las palabras del Radak (Rabí David Kimhi): "Hay quienes dicen que este Jizkiá es el rey Jizkiá de Iehudá, y es posible, pero no hay prueba de ello".

El capítulo 1 del libro de Tsfaniá se ocupa de un único tema: el día de Hashem, el día del Señor.

El castigo del “día de Hashem” (Versículos 2-90

En este pasaje el profeta presenta que el "día de Hashem, del Señor" —aquí un día de calamidad— es universal. El profeta elige describir la destrucción general con rasgos similares a la descripción del diluvio en el libro de Bereshit: "Destruiré por completo todas las cosas de sobre la haz de la tierra, dice el Señor. Destruiré los hombres y las bestias, destruiré las aves del cielo y los peces del mar, y los tropiezos (los ídolos) con los inicuos; y cortaré al hombre de sobre la faz de la tierra, dice el Señor" (versículos 2-3). Al mismo tiempo, el profeta menciona de manera específica a Iehudá y Ierushalaim: "Y extenderé Mi mano contra Iehudá, y contra todos los habitantes de Ierushalaim", y a partir de allí pasa a describir a las personas que serán afectadas por la calamidad: los Cohanim,  sacerdotes, los idólatras, los príncipes, los hijos del rey y otros.

La conquista de Ierushalaim (Versículos 10-13)

El profeta describe el llanto y el clamor por la destrucción de Ierushalaim. El profeta sostiene que la destrucción llegará como consecuencia del pensamiento de aquellos hombres que creen que el Señor no supervisa ni retribuye, y que por ello no se esfuerzan en corregir sus actos: "Y sucederá en aquel tiempo que Yo registraré a Ierushalaim con candelas, y castigaré a los hombres que (como vino), están asentados sobre sus heces, los cuales dicen en su corazón: ¡El Señor ni hace bien ni hace mal! Y sus riquezas vendrán a ser despojo, y sus casas una desolación; pues edificarán casas, mas no (las) habitarán; y plantarán viñas, mas no beberán el vino de ellas" (versículos 12-13).

La descripción del día de Hashem (Versículos 14-18)

En el último pasaje de esta profecía el profeta describe la magnitud del castigo que vendrá en el día de Hashem, del Señor: "día de pesar y de angustia, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de espesa oscuridad, día de nubes y de densas tinieblas, día de trompeta y de grito de guerra contra las ciudades fortificadas y las elevadas torres... y en el ardor de Su celo será devorada toda la tierra, porque ciertamente Él hará destrucción repentina de todos los moradores de la tierra" (versículos 15-18).

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Síntesis del capítulo, Tsfaniá 2

Un llamamiento a la Teshuvá (Versículos 1-3)

El profeta llama a sus oyentes "¡Reúnanse y júntense!" — la intención es probablemente un lenguaje de contrición y arrepentimiento, para que se salven del decreto del juicio "antes que venga sobre vosotros la ardiente indignación del Señor" (versículo 2). El profeta llama a "los humildes de la tierra... busquen humildad, puede ser que se pongan a cubierto en el día de la ira del Señor" (versículo 3).

Breves profecías sobre los pueblos (Versículos 4-15)

En este pasaje el profeta menciona diversos pueblos sobre los cuales vendrá la destrucción: los filisteos (versículos 4-7), Moav y Amón (versículos 8-10), las islas de las naciones (versículo 11), los etíopes (versículo 12) y Nínive (versículos 13-15). Algunas de las profecías sobre los pueblos están relacionadas con Israel o con Dios. Así, en la profecía sobre los filisteos, el profeta describe cómo Iehudá conquistará sus ciudades: "Y será la costa para el resto de la casa de Iehudá; allí apacentarán (sus rebaños); en las casas de Ashkelón se acostarán de noche" (versículo 7); Moav y Amón fueron castigados porque "han dicho afrentas y se han engreído contra el pueblo del Señor de los ejércitos" (versículo 10); todas las islas de las naciones adorarán al Señor: "y adorarán a Él, cada cual desde su lugar, todas las islas de las naciones" (versículo 11). El pasaje concluye con la profecía sobre la destrucción de Nínive, capital del reino de Ashur, Asiria, el enemigo central de Iehudá en aquel tiempo (versículos 13-15).

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Síntesis del capítulo, Tsfaniá 3

El juicio de Ierushalaim (Versículos 1-13)

Esta profecía comprende tres partes. En la primera (1-4), el profeta reprende a los habitantes de Ierushalaim. La acusación central es la desobediencia al Señor: "No escucha la voz, no admite la corrección; en el Señor no confía; a su Dios no se acerca" (2), y la podredumbre del establecimiento político y religioso.

En la segunda parte (5-8), el profeta describe el juicio que el Señor llevará a cabo en Ierushalaim: "mañana tras mañana trae a luz Su justicia; no faltará: pero el malvado no conoce la vergüenza" (5). El juicio abarcará no solo a Ierushalaim sino a todos los pueblos: "Por tanto, espérenme a Mí, dice el Señor, hasta el día que Me levante como acusador: porque es Mi propósito reunir las naciones, juntar los reinos para derramar sobre ellos Mi indignación, todo el ardor de Mi ira; pues con el ardor de Mi celo será devorada toda la tierra" (8).

En la tercera parte (9-13) se describen los resultados del juicio: todos los pueblos servirán al Señor: "pero entonces volveré a dar a los pueblos un labio puro, para que todos ellos invoquen el nombre del Señor, sirviéndoLe unánimemente" (9), y el resto de Israel servirá al Señor y será salvado: "El resto de Israel no hará iniquidad, ni hablará mentira, ni será hallada en su boca una lengua engañosa; pues ellos se apacentarán y sestearán, y no habrá quien (los) espante" (13).

Profecía de salvación y consuelo (Versículos 14-20)

Este pasaje cierra el libro de Tsfaniá con una profecía de salvación y consolación. El profeta llama a Tzión a alegrarse: "¡Canta, oh hija de Tzión! ¡Prorrumpe en aclamaciones, oh Israel!, ¡alégrate y regocíjate de todo corazón, oh hija de Ierushalaim!" (14). Esta profecía recuerda las profecías de consolación y salvación del libro de Yeshaiahu: "¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti; el que es poderoso (te) salvará: se regocijará sobre ti con alegría, callará en Su amor, y se alegrará sobre ti con cánticos! A los que lloran, privados de las fiestas solemnes, a los que están lejos de ti, Yo (los) recogeré, para que no soporten más afrenta por ella (por Tzión)" (17-18). La profecía concluye con la promesa de la reunión de los exilios y el retorno a la tierra: "En ese tiempo los traeré, y en ese tiempo los recogeré: porque haré que sean para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando Yo haga tornar vuestro cautiverio, ante vuestra misma vista, dice el Señor" (20)

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El precio de la prosperidad y la calma

El período de prosperidad y tranquilidad en la época de Menashé creó una clase de ricos incrédulos que no anhelan ni aspiran a nada más elevado que sus negocios, que creen que no hay providencia divina, y que permanecen asentados sobre sus heces, sobre sus bienes y sus obras.

Nos encontramos aquí después del período de Menashé y Amón. Se trata de un período muy largo. Menashé reinó muchos años. Estos dos reyes fueron vasallos absolutamente fieles al Imperio Asirio, salvo por un episodio mencionado en Divrei HaIamim, Crónicas. Fue una época de relativa tranquilidad. Esta tranquilidad generó una serie de fenómenos que preocuparon a Tsfaniá. Él dice en el capítulo 1, versículos 4-6:

"Y extenderé Mi mano contra Iehudá, y contra todos los habitantes de Ierushalaim... también a los que sobre los terrados adoran el ejército del cielo y a aquellos adoradores que juran por el Señor y juran por Malkam (Báal). Y a los que se han vuelto atrás de en pos del Señor, y a los que no buscan al Señor, ni inquieren por Él."

Estos versículos hablan de señales de influencia asirio-mesopotámica. En los versículos 8 y 9 se dice:

"Y sucederá que en el día del sacrificio del Señor, castigaré a los príncipes y a los hijos del rey, y a todos los que visten traje extranjero. Castigaré también en aquel día a cuantos saltan sobre el umbral, los que llenan la casa de su señor de violencia y fraude."

Estas palabras fueron dichas aparentemente al comienzo del reinado de Yoshiahu. La teshuvá (el arrepentimiento y el retorno a la buena senda) —que la investigación denomina "la reforma"— aún no había comenzado, y la influencia del período de Menashé seguía siendo claramente perceptible. Al final del versículo 9 comienza la descripción del segundo resultado de aquel período de tranquilidad. Todos estos hombres que seguían las festividades no judías y la moda oriental-antigua, predominante entre los extranjeros de aquellos días, llenaban la casa de su señor de violencia y fraude. El período de prosperidad de Menashé engendró una clase de aristócratas que no solo seguían la moda y las festividades no judías, sino que también eran ricos comerciantes, como se dice en el capítulo: "...destruidos son todos los que iban cargados de plata" (versículo 11), "no podrá librarlos su plata ni su oro..." (versículo 18).

Se trata aquí de una clase de ricos que acumularon su fortuna por medios tortuosos. El profeta habla de "violencia y fraude". Hay aquí una corrupción acompañada de complacencia, enriquecimiento e imitación de cultura extranjera y costumbres ajenas. ¿A qué conduce este enriquecimiento y la vida fácil de la capa de los que se enriquecen, los cargados de plata, los que llenan la casa de su señor de violencia y fraude? En el capítulo 1, versículo 12 se menciona:

"Y sucederá en aquel tiempo que Yo registraré a Ierushalaim con candelas, y castigaré a los hombres que (como vino), están asentados sobre sus heces, los cuales dicen en su corazón: ¡El Señor ni hace bien ni hace mal!"

Es decir, indiferencia y cinismo de ricos que deducen de la historia del período de Menashé que "el Señor ni hace bien ni hace mal", que un hombre puede ir según el capricho de su corazón como Menashé y prosperar. Es posible que a este asunto se refiera el profeta con una expresión difícil que causó grandes dificultades a todos los comentaristas. Al comienzo del capítulo 2 dice: — "Congréguense y congreguen, oh nación sin deseo". Presupongo que esa expresión "hagoi lo nijsaf" —"la nación que no anhela"— es sinónima de la expresión "el Señor ni hace bien ni hace mal". Es decir, gente incrédula que no anhela ni aspira a nada más elevado que sus negocios. Creen que no hay providencia divina, permanecen asentados sobre sus heces, sobre sus bienes y sus obras.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj

Cortesía sitio Daat

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Buscar el Jametz con velas

La profecía habla de una búsqueda dentro de Ierushalaim en pos de los hombres que son como el Jametz — los que permanecen asentados sobre su pasividad, y dejan fermentar la oportunidad de la revolución de Yoshiahu.

El Talmud en el tratado de Pesajim (7) trae como apoyo del texto bíblico para que la búsqueda del Jametz en la víspera de Pesaj deba realizarse a la luz de la vela el versículo de nuestro capítulo:

"Y sucederá en aquel tiempo que Yo registraré a Ierushalaim con candelas (velas)" (versículo 12)

Lo que implica que toda búsqueda debe hacerse a la luz de la vela.

La comparación parece algo forzada hasta que contemplamos el versículo completo:

"Y sucederá en aquel tiempo que Yo registraré a Ierushalaim con candelas, y castigaré a los hombres que (como vino) complacientes, los cuales dicen en su corazón: ¡El Señor ni hace bien ni hace mal!... ¡Cercano está el día grande del Señor!, cercano está, y se apresura mucho; óyese el estruendo del día del Señor: ¡aun el valiente clamará entonces con amargos lamentos!... día de tinieblas y de espesa oscuridad, día de nubes y de densas tinieblas." (versículos 12-15)

Ierushalaim no se ha perdido, y en todo caso es suficientemente grande como para no poder ser registrada con candelas. La profecía habla de una búsqueda dentro de Ierushalaim en pos de los hombres que permanecen asentados sobre su pasividad, los complacientes, exactamente igual que el Jametz es la masa que permanece asentada, sin que se apresuren a amasarla y hornearla. El profeta habla del día del Señor que nos recuerda en todas las profecías al Éxodo de Egipto y a la intervención de Dios en las fuerzas de la naturaleza para la revolución religiosa de la revelación de la fe en Su presencia; y hay en sus palabras también alusiones a la plaga de las tinieblas, próxima a Pesaj, y al amargo clamor que hubo en la plaga de los primogénitos.

Tsfaniá profetizó aquí en vísperas de la gran revolución religiosa de Yoshiahu rey de Iehudá (Melajim II 22-23), cuando encontró el libro del pacto en el Templo con la severa reprimenda escrita en él. Juldá la profetisa sostuvo que ya era demasiado tarde para salvar a Ierushalaim de su destrucción. Pero Yoshiahu decidió hacer todo lo posible para salvarla, e hizo un pacto con todos los habitantes de Ierushalaim para seguir los mandamientos del Señor. Selló el pacto con el sacrificio de Pesaj en el Templo. El profeta advierte a los indiferentes al pacto, que permanecen asentados sobre su inacción y vacilan, que su juicio es como el del Jametz que reposa asentado. Por respeto a su dignidad, no mencionaremos cuál es el juicio del Jametz en la víspera de Pesaj.

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El día de Hashem universal

En la visión de Tsfaniá, el Día de Hashem, el día del Señor es universal, y todos los pueblos están destinados a servir al Señor. Esta unidad en la sociedad humana fue el origen del pecado y está destinada a ser la culminación de la redención.

Es conocida la regla establecida por los Sabios de que "toda profecía que fue necesaria para las generaciones fue escrita", de lo cual se deduce que hay en las palabras de los profetas profecías que no eran de actualidad para su tiempo, sino que contienen una visión profética para el porvenir. Tal es también la visión de Tsfaniá sobre el futuro Día del Juicio. En su visión, Dios es el gobernante único y es Él quien mueve las ruedas del mundo y de la historia, sin servirse de pueblos ni reinos como ejecutores de Su voluntad. Es evidente que tal descripción solo corresponde a los tiempos futuros, al Día de Hashem, el Día del Juicio.

En las profecías sobre el Día de Hashem en el texto bíblico no hay uniformidad: hay profetas, como Yoel, que lo vieron como un día de juicio sobre los malvados de las naciones del mundo; otros lo vieron como un día de castigo sobre los malvados de Israel, como Malají; y otros lo contemplaron como un día de guerra contra Ierushalaim, guerra al término de la cual se manifestaría el reinado de Dios en el mundo. Esta diversidad en las descripciones del Día de Hashem se explica porque cada profeta mostró un aspecto distinto del cuadro general de ese Día. Nosotros, que hemos recibido las profecías de todos los profetas, tenemos derecho a construirnos una imagen global de los acontecimientos del Día de Hashem según se desprende del conjunto de la profecía.

La visión del Día de Hashem en Tsfaniá no es un día de guerra de las naciones contra Israel, sino el día del juicio de Israel y de los pueblos. Tras ese juicio en el que Dios derramará Su ira y el ardor de Su furor sobre toda la tierra, "No obstante entonces volveré a dar a los pueblos un labio puro, para que todos ellos invoquen el nombre del Señor, sirviéndoLe unánimemente" (versículo 9). Esta perspectiva universal tiene un paralelo en el texto bíblico en la profecía de Yeshaiahu, pero a diferencia de él, Tsfaniá no contempla las cosas también a través del prisma de su generación, sino que toda su mirada está dirigida al futuro; y en esta contemplación alcanza la cima, hasta el punto de que no aduce pruebas de la historia de Israel como lo hicieron los profetas que le precedieron, sino que, al contrario, exige a Israel que aprenda de la historia de los pueblos de aquella época: "Yo había destruido naciones; sus torres fueron desoladas; había devastado sus calles, de modo que nadie pasaba; sus ciudades fueron asoladas, quedando sin hombre, sin habitante. Dije pues: Tú Me temerás; recibirás la corrección" (versículos 6-7).

En la visión de la futura conversión de los pueblos, Tsfaniá alcanza la cima de la profecía, algo que halló su expresión incluso en una norma halájica establecida por los Sabios: "El que ve un lugar donde fue erradicada la idolatría dice: 'Bendito sea Quien erradicó la idolatría, y así como fue erradicada de este lugar, que sea erradicada de todos los lugares de Israel, y vuelve el corazón de sus adoradores a servirte'. Rabí Shimón ben Elazar dice: También fuera de la Tierra de Israel es preciso decir esto, porque están destinados a convertirse, como está dicho: 'Pero entonces volveré a dar a los pueblos un labio puro'" (Berajot 57b).

En esta cima está destinado a cerrarse el ciclo de la historia humana. Ya Abravanel señaló la generación de la dispersión y su pecado como trasfondo de la profecía de Tsfaniá. La diversidad de lenguas en la sociedad humana fue lo que contribuyó a la propagación de la idolatría en el mundo. Según lo relatado en la Torá, la confusión de lenguas llegó al mundo como castigo para la generación de la dispersión, pues antes “Érase toda la tierra un solo idioma y pocas palabras” (Bereshit, capítulo 11, versículo 1). Como retribución por sus actos, hizo el Señor “para que no entiendan el uno el idioma del otro” (Bereshit, capítulo 11, versículo 7), y en el futuro "volveré a dar a los pueblos un labio puro" (versículo 9). Esta unidad en la sociedad humana fue el origen del pecado y está destinada a ser la culminación de la redención. Es más, en el episodio del valle de Shinar intentó el hombre demostrar su poder independiente incluso frente al Creador: su plan era construir una torre cuya cima llegara a los cielos. Y viene el relato de la Torá a enseñarnos que el designio del Señor permanece para siempre, y el hombre no puede realizar sus planes si están en contradicción con los planes del Creador. También en el futuro será el hombre movido por el Señor que actúa: "volveré a dar a los pueblos" (versículo 9).

Editado por el equipo del sitio del Tanaj.

Extraído de “Iyunim bePirkei haMikrá” que fueron emitidos por Kol Israel.

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La ciudad opresora

La corrupción moral descrita en la profecía de Tsfaniá tuvo lugar en los días de Yehoajaz, quien fue coronado por los ricos del pueblo, que gobernaban en su nombre.

"La palabra del Señor que fue dirigida a Tsfaniá... en los días de Yoshiahu hijo de Amón, rey de Iehudá" (capítulo 1, versículo 1)

"¡Ay (de Ierushalaim), la rebelde y contaminada, la ciudad opresora! No escucha la voz, no admite la corrección; en el Señor no confía; a su Dios no se acerca. Sus príncipes en medio de ella son leones rugientes, sus jueces son lobos nocturnos: no dejan hueso para la mañana (siguiente). Sus profetas son livianos, hombres de perfidia; sus sacerdotes profanan el santuario; hacen violencia a la ley" (capítulo 3, versículos 1-4)

El hecho de que Tsfaniá haya profetizado únicamente en los días de Yoshiahu no se concilia bien con la profecía del capítulo 3, que describe un gobierno corrompido y podrido en Ierushalaim. En el libro de Melajim II (23) solo se describe la gran revolución religiosa de Yoshiahu y su erradicación de la idolatría del reino de Iehudá. El cuadro complementario se encuentra en el libro de Irmiahu (22), en su reprimenda a Yehoyakim hijo de Yoshiahu:

"¡Ay de aquel que construye su casa con injusticia, y sus salones altos, sin equidad; que exige el servicio de su prójimo de balde, y no le da la paga de su trabajo... ¿No comió y bebió tu padre? Mas hizo lo recto y justo: por eso le fue bien. Mantuvo la causa del pobre y del desvalido; por eso le fue bien. ¿No fue esto conocerMe a Mí?, dice el Señor”.

Yoshiahu no fue solo un celoso religioso. Era celoso también de la rectitud, la equidad, la justicia y la causa del necesitado. ¿Qué tiene él que ver entonces con la profecía de corrupción moral en Ierushalaim de Tsfaniá?

Nos parece que la profecía de "la ciudad opresora" fue pronunciada después de la muerte de Yoshiahu, durante el reinado de su hijo Yehoajaz. Debido a lo breve de su reinado (tres meses), su nombre fue omitido de los profetas que hablaron en su época, como también se desprende del prólogo del libro de Irmiahu.

En tiempos del reinado de Yehoajaz, la idolatría aún no había vuelto a Ierushalaim, como ocurrió en los días de su sucesor, Yehoyakim, su medio hermano. Pero ya en los días de Yehoajaz la corrupción se había extendido en Ierushalaim entre los hombres del poder. Su coronación fue repentina, pues Yoshiahu cayó inesperadamente en batalla a la edad de 39 años. Yehoajaz era el hermano más joven en relación con el primogénito Yehoyakim, y fue coronado por el "am haaretz" (Melajim II, capítulo 23, versículo 30), es decir, los terratenientes ricos y de alcurnia. Era un joven muchacho, y es razonable suponer que el "am haaretz" gobernaba en su nombre.

La corrupción gubernamental de los ricos y los poderosos es un mal grave en sí mismo. Pero fue también ella la que permitió a Yehoyakim retomar el control de Ierushalaim con ayuda de Paró Nejó, y hundir a la ciudad moral y religiosamente hasta el umbral de la destrucción.

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El pueblo anhelado

Frente a esos arrogantes, acumuladores de riqueza, imitadores de los gentiles, también existen los buenos: los humildes de la tierra. El profeta Tsfaniá contempla con visión espiritual que aún vendrán días en que prevalecerá la influencia del bien, en que pesará más la parte buena del pueblo de Israel y se corregirá lo torcido. Y esa corrección estará vinculada con la destrucción de la tierra de los pelishtim, los filisteos.

En el capítulo 2, versículo 3, dice el profeta Tsfaniá: “Busquen al Señor, todos los humildes de la tierra, los que han obrado según Su juicio; busquen justicia, busquen humildad, puede ser que se pongan a cubierto en el día de la ira del Señor”. Es decir, en contraste con quienes se mencionan en el capítulo 1 —los que saltan sobre el umbral y dicen que el Señor no hará bien ni mal, la nación que no anhela— también existen los buenos, los humildes de la tierra, que poseen valores de justicia y rectitud.

En el capítulo 3, versículo 11, añade el profeta: "En aquel día no serás abochornada a causa de todas tus obras, con las cuales te rebelaste contra Mí; porque entonces habré quitado de en medio de ti tus orgullosos fanfarrones; y no volverás a ensoberbecerte en Mi santo monte". “Los que se regocijan en tu soberbia": es decir, esos arrogantes y fanfarrones, carentes de valores, acumuladores de riquezas, imitadores de los gentiles —a todos ellos los apartará el Señor—, "y no volverás a ensoberbecerte más." Y en los versículos 12 y 13 se dice: "Y Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y ellos hallarán refugio en el Nombre del Señor. El resto de Israel no hará iniquidad ,ni hablará mentira, ni será hallada en su boca una lengua engañosa; pues ellos se apacentarán y sestearán, y no habrá quien (los) espante".

Este es el contraste. Esos humildes de la tierra —los pobres que no acumulan riquezas, que no imitan a los extranjeros, que no saltan sobre el umbral, que no visten ropas extranjeras— no son la nación que no anhela (capítulo 1), sino la nación que sí anhela, la que tiene fe.

La tierra de los pelishtim, y especialmente Ashkelón, es el ejemplo más claro de la cultura predominante en aquellos días: la cultura de "los que se regocijan en la soberbia" y de los que acumulan bienes, plata y oro, que viven una vida fácil y siguen la moda. Esa tierra de los pelishtim se convertirá en heredad para el remanente de la casa de Iehudá. "Y la costa del mar vendrá a ser lugar de pasturaje, con pozos para pastores, y apriscos de ganado menor (ovejas). Y será la costa para el resto de la casa de Iehudá; allí apacentarán (sus rebaños); en las casas de Ashkelón se acostarán de noche; porque los visitará el Señor su Dios, y hará tornar su cautiverio" (versículos 6-7).

Esa tierra de los pelishtim será heredad para pastores, labradores, hombres de trabajo y de esfuerzo. Esos son los hombres sobre quienes profetizó en el capítulo 3: "Y Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y ellos hallarán refugio en el Nombre del Señor. El resto de Israel no hará iniquidad, ni hablará mentira (capítulo 3, versículos 12-13).

Tsfaniá está profundamente arraigado en la realidad de la época de Menashé y la que le siguió. Vio los defectos y las carencias resultantes del enriquecimiento, la disipación y la vida sin valores de la nación que no anhela. Profetizó que cuando prevalezca la influencia del bien y pese más la parte buena del pueblo de Israel —la de esos humildes de la tierra—, entonces se corregirá lo torcido, y esa corrección estará vinculada con la destrucción de la tierra de los pelishtim. Esta tierra —tierra de disipación y liviandad— pasará a manos de Iehudá. Y en la propia Iehudá prevalecerá la fuerza de esos hombres de justicia que no dirán mentira.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj.

Cortesía sitio Daat.

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La responsabilidad de buscar a Dios

En un momento de peligro y calamidad, la exigencia mínima de todo ser humano es buscar la palabra de Dios y ser responsable de sus actos ante Él y ante todo el pueblo.

Tsfaniá describe la eliminación de los pecadores de Ierushalaim y los detalla en orden descendente:

"Y cortaré de este lugar el resto de Báal, el nombre de los ministros (idolátricos) con los sacerdotes (de los altos), también a los que sobre los terrados adoran el ejército del cielo y a aquellos adoradores que juran por el Señor y juran por Malkam (Báal), y a los que se han vuelto atrás de en pos del Señor, y a los que no buscan al Señor, ni inquieren por Él." (versículos 4-6)

El más grave: los ídolos de Báal; tras ellos, sus Cohanim, sacerdotes y ministros —sus representantes—, incluyendo en general a los Cohanim y ministros de la idolatría, cuya culpa es mayor que la del creyente común. Por debajo de ellos, los simples adoradores que sirven al ejército de los cielos. Más allá de que su culpa sea menor que la de los propios Cohanim, sacerdotes, puede aprenderse de esto también cierta indulgencia relativa hacia los adoradores del ejército de los cielos, que se apoyan en fuerzas naturales y poderes existentes, "que el Señor tu Dios los asignó a todos los pueblos" (Devarim, capítulo 4, versículo 19), a diferencia de los adoradores de Báal, que es una entidad separada que viene a reemplazar al nombre del Señor.

A continuación se describen pecadores cuya falta no resulta clara a primera vista: "aquellos adoradores que juran por el Señor."

Sin embargo, si dividimos correctamente la lista, vemos que lo que separa las partes de la lista es la palabra et (את). Por ello, la definición completa de estas personas es: "aquellos adoradores que juran por el Señor y juran por Malkam (Báal)". En realidad se nos describe aquí a personas que combinan el culto al Señor con el culto a Malkam, tal como era costumbre en épocas antiguas identificar al rey con la figura del dios. Esta secta es considerada por Tsfaniá como idolatría en todo sentido, y queda equiparada en la división de los versículos a los propios adoradores del ejército de los cielos. Es incluso peor que los que vienen después, "los que se han vuelto atrás de en pos del Señor": esas personas sin firmeza, que no tienen religión ni fe oficial, y simplemente se encuentran alejándose de toda la idea y del servicio al Señor Dios de sus padres. A ellos equipara el versículo, al mismo nivel (sin distinción de grados mediante la palabra et, pero sí con una separación mediante la palabra asher), a aquellos que si bien se consideran creyentes en el Señor, no hacen nada al respecto, sino que mantienen una tradición vacía sin buscar la voluntad del Señor en un mundo de destrucción y caos religioso.

Los últimos de la lista son sorprendentes. Tsfaniá nos enseña que cuando la destrucción se acerca, también los pecadores menores —los que pecan por sus apetitos y su comodidad y permanecen asentados sobre sus heces— también ellos son considerados causantes de la destrucción. En una hora de peligro y calamidad, la exigencia mínima de todo ser humano es buscar la palabra del Señor y ser responsable de sus actos ante el Cielo y ante todo el pueblo.

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