En buena parte, nuestra personalidad está determinada genéticamente. El ambiente y las experiencias de la vida (padres, compañeros de escuela, sociedad, amistades, cultura, etc.) se ocupan de moldearnos en una dirección u otra. El margen de cambio de la forma de ser, es por lo tanto reducido. Tenemos tendencias de repetir conductas. Errores y aciertos. Y la ley del menor esfuerzo nos abraza, esclavizándonos a sus reglas. Una persona sana tiene una buena dosis de variabilidad y flexibilidad que le permite adaptarse a distintas situaciones.
