Dios no quiere lo que está fuera del hombre. No sus posesiones, ni siquiera lo más querido para él: sus hijos. Dios quiere algo aún más sublime que todo eso — quiere al hombre mismo: "sólo hacer justicia, y amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios" (versículo 8).
En tres versículos describe Mijá la exigencia que recae sobre el hombre. Dos versículos plantean una pregunta — qué quiere Dios del hombre — y el tercero da una respuesta breve:
