Según el célebre erudito Yehezkel Kaufmann, los discursos de Elihú (capítulos 32-37) funcionan como una transición clave hacia la manifestación de Dios, reflejando la propia postura del autor del libro sobre la providencia. En el capítulo 34, Elihú no culpa a Job por supuestos pecados, sino que rebate su peligrosa conclusión de que no existe una justicia divina. Para demostrar que a Dios sí le importa el orden moral, Elihú despliega dos argumentos principales: por un lado, el sustento del cosmos, señalando que la supervivencia humana depende enteramente de que Dios renueve con bondad su hálito de vida en lugar de retirarlo; por el otro, el testimonio de la historia, evidenciado en la caída repentina e inexplicable de tiranos y reyes poderosos. De este modo, tanto la estabilidad de la creación como el colapso de la maldad política operan como pruebas irrefutables de que el mundo no está abandonado y que Dios ejerce una constante providencia moral sobre la humanidad.