¿Sobre quién recae la responsabilidad de la situación? ¿Sobre la generación de Menashé o sobre la generación de Tzidkiahu? ¿Es la carga de las generaciones anteriores lo que influye o hay lugar para la responsabilidad personal de cada generación? Depende de a quién se le pregunte.
Lo que se ve desde allí, no se ve desde aquí. Paralelos en el tiempo, se encuentran dos de los grandes intérpretes de la realidad que hemos tenido, uno en Tel Aviv y otro en Ierushalaim, y lo que ve uno no lo ve el otro. El de Ierushalaim dice: somos un pueblo histórico. Los procesos llevan tiempo. Hoy comes lo que cocinaron tus padres, y lo que tú arruinas hoy, a tus nietos les llevará tiempo repararlo; y el de Tel Aviv dice, vivimos aquí y ahora. Lo que hicieron nuestros padres no es una excusa ni un peso sobre nuestros hombros. Una generación no es responsable de los fracasos de sus predecesores. Y cada uno de estos dos tuvo oyentes que escucharon y asimilaron, y luego también vinieron y resumieron, ampliaron, interpretaron y enseñaron toda la historia de su pueblo a la luz de lo que habían escuchado.
Irmiahu, por supuesto, es el ierushalmi, el jerosolimitano. "¡El que a muerte, a muerte; y el que a espada, a espada; y el que a hambre, a hambre; y el que a cautiverio, a cautiverio!... a causa de Menashé, hijo de Yejizkiahu, rey de Iehudá, con motivo de lo que él ha hecho en Ierushalaim" (versículos 2-4). Irmiahu lee la historia de Israel a largo plazo. Un largo proceso de corrupción que maduró, y que no se puede corregir en una sola generación. Los pecados de Menashé llevaron la corrupción a su punto culminante, y de ahí en adelante el camino hacia abajo está pavimentado. Lo que incluso el propio Menashé haga para reparar sus acciones ya no será relevante.
El significado de las acciones humanas es mucho más profundo y amplio de lo que uno puede ver y de lo que puede corregir. Los hombros de Irmiahu, como lo dibujó Miguel Ángel, están encorvados bajo el peso de los años, de los que no hay escapatoria. Y en su espíritu, el editor del libro Melajim escribe el triste resumen del reino de Iehudá: "Entonces habló el Señor por Sus siervos, los profetas, diciendo: Por cuanto Menashé, rey de Iehudá, ha cometido estas abominaciones, haciendo peor que todo lo que hicieron los emoritas que fueron antes de él; y ha hecho pecar a Iehudá también con sus ídolos; por tanto, así dice el Señor, Dios de Israel: He aquí que voy a traer el mal sobre Ierushalaim y Iehudá, tal que a cualquiera que lo oyere le retiñirán ambos oídos" (Melajim II, capítulo 21, versículos 10-12). No en vano los Sabios identificaron al autor del libro Melajim con Irmiahu; si no fue él, ciertamente fueron personas de su mismo círculo.
Y a miles de kilómetros de distancia, en Tel Aviv junto al río Quebar, se encuentra en aquellos mismos años Yejezkel, y truena: cada uno por su propio pecado. "El hijo no cargará con la iniquidad del padre, ni el padre cargará con la iniquidad del hijo; la justicia del justo estará sobre él, y la maldad del malo sobre él estará" (Yejezkel, capítulo 18, versículo 20), y una persona puede arrepentirse en sus propios días, y el pecado será anulado. Por lo tanto, no es Menashé el culpable de la destrucción, sino los propios judíos de aquella generación. Nadie podrá esconderse detrás de otro y alegar que no es responsable; "Pues despreció el juramento, quebrantando el pacto, cuando he aquí que había dado la mano, y ha hecho todas estas cosas; no escapará. Por tanto, así dice el Señor Dios: ¡Vivo Yo!, que ciertamente Mi juramento que despreció y Mi pacto que quebrantó, los traeré sobre su misma cabeza" (Yejezkel, capítulo 17, versículos 18-19).
No te escondas detrás de Menashé, Tzidkiahu. Tu ceguera política, y más aún, el incumplimiento de tus compromisos como rey de Iehudá, son una profanación del nombre de Dios, y por ellos será destruida la tierra. Y contra él responde como un eco el autor de Divrei Haiamim, Crónicas, que era de los exiliados de Tzión y de los oyentes de Yejezkel, y que no renunció a contar la historia del arrepentimiento de Menashé que el autor de Melajim ignoró: "De edad de veintiún años era Tzidkiahu, cuando empezó a reinar, y once años reinó en Ierushalaim;. e hizo lo malo a los ojos del Señor, su Dios; no se humilló ante Irmiahu, el profeta, (que le hablaba), por orden del Señor.. Y también contra el rey Nevujadnetzar se rebeló, el cual le había hecho jurar por Dios; pero él endureció su cerviz, y obstinó su corazón para no volverse al Señor, Dios de Israe" (Divrei Haiamim II, capítulo 36, versículos 11-13). Cada uno por su propio pecado, pero más aún: no te victimices, no te compadezcas. Tienes el poder de levantarte y cambiar.
La Ierushalaim construida sobre la roca tiene razón, y no se debe tomar a la ligera el significado de la profundidad de la historia y la carga de las generaciones. Y Tel Aviv construida sobre la arena también tiene razón, porque así no se puede construir nada nuevo. Y el Tanaj construido sobre el papel tiene más razón que todos, porque éstas y aquéllas son palabras del Dios viviente.
Cortesía sitio 929