Irmiahu intenta con todas sus fuerzas evitar la destrucción, pero sin éxito.
En nuestra concepción, el sitio es la etapa en la que ya casi no hay vuelta atrás, pero cuando los eventos se desarrollan, las cosas suceden de manera diferente. Tzidkiahu se dirige a Irmiahu con pánico y le pide consejo. Irmiahu le dice cosas sorprendentes: "Si tú salieres, luego a los príncipes del rey de Bavel entonces vivirá tu alma, y esta ciudad no será quemada a fuego, y vivirás tú y tu casa. Pero si no salieres a los príncipes del rey de Bavel, entonces esta ciudad será entregada en manos de los kasditas (caldeos) y ellos la quemarán a fuego, y tú no escaparás de mano de ellos" (capítulo 38, versículos 17-18).
Ya habíamos escuchado antes a Irmiahu llamar a Tzidkiahu a rendirse ante Bavel: "He aquí que pongo delante de vosotros el camino de la vida y el camino de muerte. Aquel que permaneciere en esta ciudad, morirá a espada, y de hambre y de peste: mas el que saliere y se pasare a los kasditas que los asedian, vivirá" (capítulo 21, versículos 8-9), y así también se dice en el capítulo 37. Pero en ambos lugares está muy claro cuál es el destino de la ciudad: "... y pelearán contra esta ciudad, y la tomarán, y la quemarán a fuego" (capítulo 37, versículo 8). ¿Cómo puede Irmiahu condicionar la prevención del incendio de la ciudad a la rendición de Tzidkiahu ante los babilonios?
Resulta que Irmiahu intenta mostrar al pueblo y al rey que siempre existe la posibilidad de anular el decreto de destrucción. En los días de Yoshiahu y Yehoiakim, Irmiahu llamó al arrepentimiento en diferentes ocasiones. El pueblo no se arrepintió, por lo que Irmiahu recuerda al pueblo el camino de la vida y el camino de la muerte. Cuando esto no sirve, Irmiahu intenta en la última oportunidad salvar la ciudad: Tzidkiahu debe rendirse, eso es todo.
Pero Tzidkiahu se comporta con egoísmo: "Tengo miedo a los judíos... no sea que éstos me entreguen en sus manos y ellos me escarnezcan (se burlen de mí)" (capítulo 38, versículo 19). Tzidkiahu no está dispuesto a rendirse y salvar la ciudad, solo por el miedo de que se burlen de él. Irmiahu enfatiza: "Obedece, te lo ruego, a la voz del Señor, respecto de lo que te digo, para que te vaya bien y para que viva tu alma” (versículo 20). Todo esto no sirve, y el capítulo termina con las palabras escalofriantes: "y estaba aún allí cuando Ierushalaim fue tomada..." (versículo 28). La destrucción está llegando.