En el capítulo 35, Elihú plantea que los actos humanos no afectan ni benefician directamente a Dios debido a su trascendencia, sino al propio hombre y a su prójimo. Según el erudito Yehezkel Kaufmann, la existencia de esta conciencia ética en el ser humano es la prueba de que el universo posee un orden moral y de que Dios no es indiferente. Asimismo, el Rabino Benilau señala que Elihú insta a Job a dejar de calcular premios y castigos con un Dios reactivo; el Creador es un ser con iniciativa (Yozem) que usa el sufrimiento como un canal de comunicación. Así, ante la adversidad, la pregunta correcta no es un reclamo de inocencia, sino un constructivo: "¿a qué me está invitando Dios a mejorar?".