Yoshiahu amplió las fronteras del reino de Iehudá en dirección a Amón, Moav y los filisteos. De haber triunfado Yoshiau en la batalla de Meguido, habría tomado el control de todas las fronteras del antiguo reino de Israel.
"Porque Azá será desamparada, y Ashkelón (vendrá a ser) una desolación; a Ashdod se la expulsará en pleno día, y Ekrón será desarraigada. ¡Ay de los habitantes de la costa del mar, la nación de los krethitas! La palabra del Señor está contra vosotros, oh Quenahan, tierra de los plishtitas; te destruiré de modo que no quede habitante... He oído la afrenta de Moav, y los denuestos de los hijos de Amón: con que han afrentado a Mi pueblo, y se han engrandecido contra su territorio... Asimismo Él extenderá Su mano contra el norte, y destruirá a Ashur; y convertirá a Ninvé en una desolación, lugar de sequía como el yermo" (versículos 4-13).
La imagen especular de la calamidad que el profeta vaticinó sobre la tierra de los filisteos y sus ciudades, sobre Moav y Amón, y posteriormente sobre el Imperio Asirio, es la redención (temporal) de Israel a manos de Yoshiahu, rey de Iehudá y siervo del Señor, quien redimió el Templo de su desolación, renovó la alianza del Señor con los habitantes de Iehudá y Ierushalaim, erradicó la idolatría de Ierushalaim y de todo el reino, e impuso en él el camino de la justicia y la rectitud.
En efecto, en los días de Yoshiahu, Nabopolasar, rey de Bavel, Babilonia, asestó a Ashur, Asiria, un golpe decisivo después de que las tribus de los medos invadieran Nínive, su capital. El propio Yoshiahu amplió las fronteras del reino de Iehudá hacia el oriente en dirección a Amón y Moav, y hacia el occidente hasta el mar a expensas del reino de los filisteos. El Santo, bendito sea, estaba con él y le ayudó, y el pequeño reino, que en tiempos de sus antepasados no había sido más que una provincia asiria de poca importancia, se convirtió de nuevo en un reino que era el factor más importante de la región.
De haber triunfado Yoshiahu en su última misión de detener a Paró Nejó, el Faraón Nejó, rey de Egipto, para que no subiera en auxilio de los restos del reino de Ashur en Jarán contra Nabopolasar, rey de Bavel, habría tomado el control de todas las fronteras del antiguo reino de Israel desde los días de David y Shlomó, entre el río de Egipto y el río Éufrates, que son también las fronteras del Jardín del Edén del libro Bereshit.
Nuestras iniquidades lo impidieron y no merecimos alcanzar ese éxito, y aún aguardamos el cumplimiento de la promesa de nuestro Rey, el Rey del universo.