El capítulo 31 clausura los discursos de Job (támu divré Iov). Tras superar el shock de las calumnias de Elifaz, Job presenta un riguroso juramento de purificación moral, asegurando haber actuado incluso más allá de lo exigido por la ley (lifním mishurat jadín). Refuta haber codiciado con los ojos (veajar enái jalaj libí) o haber desamparado a viudas y huérfanos, invocando sobre sí mismo graves maldiciones si estuviera mintiendo. El núcleo ético de su alegato brilla al defender la igualdad de sus sirvientes, recordando que un mismo Dios los formó a todos en la matriz (aló vabéten oséni asáju). Finalmente, Job estampa su tav (su firma) en el versículo 35, cerrando su caso y exigiendo que sea el Todopoderoso quien le responda.