El capítulo 15 de Job inaugura el segundo ciclo de debates con un notable aumento en la hostilidad de Elifaz, quien pasa del respeto inicial a la acusación directa, sentenciando que la obstinación de Job y su negativa a aceptar el consuelo tradicional son la prueba irrefutable de su iniquidad. Elifaz reitera que nadie es puro ante el Creador y afirma que Dios "ni en sus consagrados confía" (Henvik doshab lo yamin), refiriéndose originalmente a los ángeles. Sin embargo, el Talmud (Hagigah 5a) recoge una conmovedora reinterpretación de este versículo a través de Rabí Johanán, quien compara la acción divina con la de un cosechador que recoge los higos inmaduros para que no se arruinen en el camino: Dios a veces se lleva a los jóvenes antes de tiempo para preservarlos de la corrupción del mundo, desafiando así la rígida postura de los amigos de que toda muerte temprana uff, es un castigo por el pecado.