En el capítulo 10, Job eleva su tono y acusa a Dios de vigilarlo con ensañamiento y destruirlo sin motivo. La genialidad del texto es que Job utiliza —sin saberlo— el mismo término (hinam, gratuitamente) que Dios usó con Satán al inicio del libro, validando la cruda verdad de su sufrimiento. El discurso cierra en una lobregués absoluta, describiendo su realidad como un mundo de sombra y "sin orden alguno" (velo sedarim), donde incluso el amanecer es pura oscuridad.