Donde no hay revelación divina, el pueblo se pone desenfrenado

Donde no hay revelación divina, el pueblo se pone desenfrenado

"Donde no hay revelación divina, el pueblo se pone desenfrenado" (Versículo 18), dice el autor del libro de Mishlei. ¿Cuál es el sentido de esto?

Todos los que estudian el libro de Mishlei saben que, por ser un libro de ética y sabiduría, se dirige casi a todo lo largo al individuo particular. El libro trata de la enseñanza moral para toda persona en cuanto persona.

Con toda certeza, no se ocupa del aspecto nacional del pueblo. Así ocurre también en nuestro capítulo, en el que quien habla caracteriza figuras específicas más positivas, como «el hombre fiel», «el hombre sabio», «el hombre que ama la sabiduría», y, frente a ellas, figuras menos positivas, como «el hombre apresurado en sus palabras», «el hombre de reproches», e incluso personas sumamente negativas, como «el hombre de intrigas», «el hombre iracundo», «el hombre malvado», y en plural «los hombres escarnecedores (despectivos)», «los hombres sanguinarios».

Y he aquí que, de pronto, en nuestro capítulo, en medio de la habitual referencia personal, a quien habla se le escapa, en media frase, una afirmación con un mensaje dirigido no al individuo solitario, sino al colectivo, al pueblo: "Donde no hay revelación divina, el pueblo se pone desenfrenado" (Versículo 18). No un pueblo en particular, sino una enseñanza para todo pueblo en cuanto pueblo.

Para explicar la frase hay que reparar en comprender qué es «sin revelación divina» y qué es «el pueblo se pone desenfrenado».

«El pueblo se pone desenfrenado» puede interpretarse, en el caso extremo, como un estado de anarquía, una situación de ausencia de gobierno, en la que "cada uno hace lo que es recto a sus ojos" y "el que es más fuerte prevalece".

Pero parece que el sentido literal de las palabras «el pueblo se pone desenfrenado» no debe llevarnos a un significado extremo, sino que puede entenderse que se trata de un pueblo dividido, un pueblo en el que abunda la falta de confianza mutua y en el que la creciente sensación de polarización llega a veces incluso a la hostilidad entre las partes del pueblo. Una situación en la que sectores del pueblo llaman a los otros con apodos denigrantes y los demonizan.

¿Y qué es ese «sin revelación divina» que genera la situación de «el pueblo se pone desenfrenado»? Según el paralelismo "Donde no hay revelación divina, el pueblo se pone desenfrenado, mas el que guarda la ley es feliz", es lo opuesto a «el que guarda la ley».

La comprensión básica es la de una meta, una orientación, un rumbo: un pueblo que quiere sobrevivir como un pueblo unido necesita tener una misión nacional. Cuando hay metas nacionales claras, hay también determinación para alcanzarlas, y se genera una voluntad común de unir las manos para conducir hacia esa meta. Parece que la profecía destinó al pueblo de Israel el papel de "luz para las naciones", la reparación del mundo bajo el reino del Todopoderoso.

En otro plano, «la revelación divina», al igual que «la Torá», se refiere a reglas claras y consensuadas de conducta. Un sistema de leyes claro, acompañado de instancias judiciales de aplicación en las que existe confianza pública, y reglas sobre el modo de conducir el discurso público. Cuando hay falta de confianza en el sistema legislativo o en el sistema judicial, cuando el discurso público se vuelve ilimitado, agresivo al estilo de los comentarios anónimos y a veces violento, «el pueblo se pone desenfrenado».

Una tercera explicación de «la revelación divina» es la solidaridad social, el sentido de responsabilidad mutua. Cuando hay un espíritu que une al pueblo, surgen iniciativas sociales y comunitarias, cívicas y solidarias. En mi juventud, desde los años 70 y hasta los años 90, sentimos aquí una especie de orgullo nacional a raíz de diversos acontecimientos que fortalecieron ese espíritu patriótico. Ya fuera la Operación Entebbe, o la victoria del Macabi Tel Aviv sobre el CSKA; ya fuera el bombardeo del reactor atómico en Irak, o el triunfo en Eurovisión; ya fuera el día de la liberación de Sharansky, o el día en que, en la Operación Moshé, aterrizaron en dos jornadas miles de olim de Etiopía.

Lamentablemente, me encuentro pensando que en estos años el sentido de la solidaridad se genera en torno a acontecimientos traumáticos, como el secuestro de los tres jóvenes o atentados graves. ¿Hay todavía entre nosotros un espíritu que nos une? Lo sé y estoy seguro de que sí. Cada día me encuentro con personas maravillosas, un pueblo maravilloso. Pero en el espacio público parece que el espíritu de patriotismo y de solidaridad general se va apagando en favor del tribalismo y del encierro: "cada uno junto a su campamento y cada uno junto a su estandarte".

Y la última interpretación que quiero proponer para «sin revelación divina» (beein jazón) es, más exactamente, «sin jazán» (beein jazán), sin un guía. Un pueblo necesita liderazgo. Un pueblo necesita líderes de camino recto que sepan conducir. Cuando el público abriga desprecio hacia sus líderes —ya sea por culpa de los líderes, ya sea por culpa de un clima público, y por lo general la causa es un poco de lo uno y un poco de lo otro, y ambos se alimentan mutuamente—, se pierde algo esencial. El respeto por el liderazgo público genera una sensación de armonía e insufla en el pueblo un espíritu y un ardiente deseo de unidad. La responsabilidad de los líderes es ganarse la confianza pública, proyectar «personas en las que se puede confiar»; y, al mismo tiempo, la responsabilidad del público y de quienes fijan la agenda pública es saber tratar con respeto a sus líderes.

Gentileza sitio 929

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