El capítulo 36 continúa el monólogo de Elihú, quien experimenta una sorprendente transformación: tras irrumpir tímidamente por su juventud, ahora afirma con soberbia que Dios habla a través de él y se autoproclama ante Job como temim deót ("perfecto en conocimiento"). Desde esta altivez, insiste en que el dolor es una advertencia pedagógica y promete que si Job obedece, "acabará sus días en la prosperidad y el deleite" (v. 11). Sin embargo, al contemplar las maravillas de la naturaleza hacia el capítulo 37, Elihú modera su orgullo y comprende que la perfección cognitiva solo pertenece al Creador. Siglos después, el misticismo judío rescató la expresión temim deót para despojarla de la soberbia humana e incorporarla como el atributo alfabético final del célebre poema litúrgico sefardí Adón Haselijot, devolviéndole su verdadero sentido: la omnisciencia absoluta de Dios.